Cuentos de aquí y ahora.
Mi tío Sebastián era hermano de mi abuelo Manolo. Dicen que se fue a la Argentina a buscar fortuna, que, cuando lo hubo conseguido, regresó a Zaragoza para casarse con su novia y llevarla con él, pero la tía Pilar no quiso moverse de su casa. Se casaron, vendió cuanto tenía en América y le anticipó a su mujer que, puesto que no quería salir de casa, no lo haría hasta que no la sacaran para enterrarla. Y así sucedió.
Se afincó aquí, compró campos y se dedicó, como toda la familia, a las tareas agrícolas. Tuvo cuatro hijos que empleó como mano de obra barata en casa y, al llegar la edad de casarse, los amenazó con desheredarlos si lo hacían. Sólo dos siguieron sus desinteresados consejos, emprendiendo entre ellos, cuando murió la tía, una batalla sin precedentes para hacerse con el control de los bienes, a la vez que iban acumulando odio, rencor y mezquindad.
El tío, que no había soltado las riendas, no supo adaptarse a los tiempos. Los campos que no le habían sido expropiados al hacer la autopista, los malvendió y metió el dinero en el Banco. Como se había negado a hacer testamento, al morir quedaban cuatro duros y una casa vieja a repartir entre cuatro.
Los dos hermanos solteros fueron sobreviviendo de vender la leche que daban dos vacas que aún tenían, en unos años en los que esa actividad ya estaba prohibida. Recuerdo aquel día que mi padre les había ido a felicitar las navidades y vino sobrecogido de la miseria que vio en aquella casa, en la que contaba, entre otras cosas, que habían empapelado la cocina con calendarios viejos y dejado que los animales anduvieran por doquier, hasta tal punto que las alfombras caminaban solas.
Al último de los hijos del tío Sebastián lo enterraron hace unas semanas. Lo habían llevado al hospital cuando cayó enfermo y dice su hermana que entre ella y sus hijas, para poder presentarse dignamente, tuvieron que meterlo a la bañera y rascarle la piel con un cepillo de púas duras. Yo fui a verlo mientras estuvo allí. Quedé muda al entrar en la habitación: sentado en una silla de ruedas, le habían colocado uno de esos camisones cortos que ponen en los hospitales a los enfermos, de tal manera que se le veían unas piernas raquíticas llenas de vendajes manchados de sangre; al no poder sostener la cuchara le daban de comer y al hacerlo, iba decorando la servilleta que llevaba anudada al cuello de restos de comida y babas. Iba mal afeitado y estaba tembloroso, pero encima de la mesilla de noche, tenía una revista porno en la que en la portada se veía una modelo enseñando sus perturbadores pechos desnudos. Su vecino de cama ponía la música ambiental con su chirriante y asmática respiración.
Esa es la imagen que recordaba de él cuando entré en la capilla del tanatorio para asistir a su funeral. La sorpresa fue que el cura que le tocaba de oficio le dedicó una homilía como nunca había oído: hizo una reflexión magistral sobre la muerte y unas veces citaba versos de "Las Coplas..." de Jorge Manrique y otras "La Noche Oscura del Alma" de San Juan de la Cruz.
Y no deja de ser curioso que uno de los seres más asilvestrados y montaraces que he conocido tuviera una despedida tan brillante y exquisita, seguramente mejor que la que tuvo Octavio Paz, al que enterraron el mismo día.
Marisa Lamarca